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11 ago. 2017

¿Quién se come el sapo en Cataluña?


MARI PAU DOMÍNGUEZ

«No recuerdo una etapa en la política española (sí, Cataluña sigue siendo España) en la que se rinda más culto al personalismo desde los tiempos infaustos de la dictadura; régimen, por cierto, en el que se aprueban leyes sin que antes hayan sido debatidas democráticamente. ¿Le suena eso a Puigdemont?»

¿Quién se come el sapo en Cataluña?«El separatismo es una rara sustancia que se utiliza en los laboratorios políticos de Madrid como reactivo del patriotismo, y en los de Cataluña, como aglutinante de las clases conservadoras». Diez días después de la victoria del Frente Popular en las elecciones del 16 de febrero de 1936, el periodista Manuel Chaves Nogales (Premio Mariano de Cavia 1927) empezó a publicar en el diario «Ahora» una visión en profundidad de lo que estaba ocurriendo en Cataluña. Allí se instaló un tiempo para escribir ocho reportajes recogidos bajo el epígrafe de ¿Qué pasa en Cataluña? (Editorial Almuzara, 2013), en los que analiza con lucidez los avances y retrocesos permanentes que ya por entonces sufría el proceso de independentismo catalán. Uno de ellos, magistral, podría haber sido escrito hoy. Lo tituló «Después de haberse comido el sapo» (Barcelona, 27-2-1936). Se trata de una fábula que comienza así: «Cuando a los hombres de la derecha y del centro se les pide una explicación de lo que pasa en Cataluña le cuentan a uno un cuento. Dos aldeanos van de camino. Uno de ellos lleva del ronzal una vaca. Junto a una charca encuentran un sapo, que produce en el de la vaca un gesto de repugnancia». El compañero defiende que un sapo no es peor que cualquier otro animal que nos comamos, lo que incita al primero a retarlo: «Te doy la vaca si eres capaz de comerte el sapo. La codicia y el amor propio fuerzan al aldeano a coger el sapo y comérselo, cerrando los ojos de asco y conteniendo las náuseas». Entonces el otro, incrédulo ante el hecho y viendo que podría acabar perdiendo su vaca, «le propone: ¿Me devuelves la vaca si soy capaz de comerme el medio sapo que te queda? El comedor de sapos ve un modo inmediato de librarse del tormento y alarga el pedazo de sapo que le queda a su compadre, quien cierra los ojos y se lo traga. Siguen su camino silencioso. Al cabo de un rato se paran. Se miran frente a frente y se preguntan, estupefactos: ¿Y por qué nos habremos comido un sapo?».
Me imagino al actual vicepresidente catalán, Oriol Junqueras, haciéndole esa misma pregunta al presidente Carles Puigdemont. Éste le ofreció al primero la responsabilidad máxima de coordinar el referéndum ilegal del 1 de octubre, pero Junqueras dijo que no aceptaba salvo que la responsabilidad fuera compartida con todos los consejeros de Puigdemont; es decir, que él no quiere comerse solo el sapo de las consecuencias legales. Es lo que vendría a llamarse cobardía política si en Cataluña empezaran a llamar a las cosas por su nombre.
Tenía razón Chaves Nogales en su análisis de que el separatismo aglutina lo más conservador de la sociedad, ya que nada hay más conservador en la era cumbre de la aldea global de McLuhan y del Acuerdo de Schengen que suprime fronteras en Europa, que pretender aislarse y establecer más de las que ya existen. Aislarse de España, de Europa y del resto del mundo. Y no será que no están avisados, aunque sí ciegos. Los gobernantes independentistas no parecen dispuestos a quitarse la venda de los ojos para asumir la realidad, porque la realidad ni les gusta ni les interesa. Se empeñan en seguir en Europa —cuando Europa ya ha dicho que eso no será posible— y en apelar al derecho de autodeterminación avalado por Naciones Unidas, para justificar un referéndum basado en el «derecho a decidir» -cuando las resoluciones de dicho organismo internacional se refieren al derecho de un pueblo a formar un estado independiente siempre y cuando esté sometido al colonialismo. Y, que se sepa, aunque tal vez Junqueras y Puigdemont fueran capaces de argumentar lo contrario, Cataluña no se encuentra ubicada a gran distancia geográfica de su colonizador, como tampoco presenta diferencias étnicas ni raciales respecto de la España de la que se quiere separar; condiciones indispensables, según la ONU, para un proceso de independencia-.
Así se resume la idea que tenía el andaluz Chaves Nogales —referente del periodismo español— de los catalanes a principios de 1936: «Este gran pueblo, tan lleno de sentido y tan firmemente aferrado a unas realidades indestructibles, no se alterará gran cosa por los vaivenes políticos. (…) Ondean las banderas catalanas sin que nadie por el goce de verlas flamear pierda una hora de trabajo». Es recomendable la lectura de estos textos para recordar hechos tan significados y extremos como que el 6 de octubre de 1934 el entonces presidente Lluís Companys declaró el Estado Catalán, lo que motivó que el Ejército suspendiera el Gobierno de la Generalitat. Se restauró con motivo de las elecciones de febrero del 36, a las que Companys y sus diputados concurrieron desde la cárcel.
En su artículo «Las grandes paradas de la ciudadanía» («Ahora», 3-3-1936) reconoce «que Cataluña tiene esa virtud imponderable de convertir a sus revolucionarios en puros símbolos, ya que no puede hacer de ellos perfectos estadistas». Y siguen sin ser estadistas de altura. ¿Acaso en la actualidad algún político independentista habla de la sanidad en esa comunidad autónoma? ¿O del crecimiento, hasta el 19,2 por ciento, de la tasa de pobreza en el último año? El 6,5 por ciento de los hogares catalanes ha tenido que pedir ayuda a familiares, o entidades privadas o religiosas, para necesidades básicas, como alimentos o ropa, según los datos del Instituto de Estadística de Cataluña (Idescat). De todo ello hablan poco. En cambio, las informaciones oscilan entre Puigdemont y Junqueras como si más allá de estos nombres no hubiera mundo. No recuerdo una etapa en la política española (sí, Cataluña sigue siendo España) en la que se rinda más culto al personalismo desde los tiempos infaustos de la dictadura; régimen, por cierto, en el que se aprueban leyes sin que antes hayan sido debatidas democráticamente. ¿Le suena eso a Puigdemont?
Hace ochenta y un años, Chaves Nogales ya pensaba que «tendría alguien que preocuparse de rellenar el tiempo con una tarea que tal vez no sea del todo superflua: la de gobernar, la de administrar, la de hacer por el pueblo algo más que ofrecerle ocasión y pretexto para estos deslumbrantes espectáculos. Si entre una manifestación de entusiasmo y otra no hay siquiera unos meses de silencioso y honesto trabajo en las covachuelas, llegará un día en que este pueblo catalán, tan entusiasta, tan fervoroso, tan bueno, cambiará. Y entonces será peor». Y entonces puede que quienes acaben comiéndose el sapo de Cataluña sean todos los españoles.

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