Yo mismo con mi turismo

2 ago. 2017

Tarados



ANTONIO LUCAS
Aún recuerdo a algunos estupendos con flequillo, de los que hablan por radios y televisiones, marcando la nuez del cuello al defender el estropajo moral que encarna Donald Trump. Gentes acostumbradas a encontrar en lo furibundo, en los modales de la extrema derecha y en las nuevas encarnaciones estéticas del viejo fascismo, una estrategia que sostenga sus miserias chiquitas. Son esos que sugieren no juzgar antes de probar. Los que piden un respeto que ellos no dispensan. Los que cargan contra el hereje de la idea contraria. Vale. Pues probado queda. Trump es un engendro. Y un peligro. Y una vergüenza.
Pero no sólo por él mismo, sino por la propensión a rodearse de tipos como él. Chungos que manejan un malhumor desaprensivo y lo apuestan todo a la amenaza, el patrioterismo y el insulto en Twitter, donde nada se razona. De ahí el éxito de la herramienta. El despido de Scaramucci como jefe de Comunicación de la Casa Blanca, 10 días después de ser nombrado, es una más de las verbenas en las que este hombre se instala cada semana y media. Pero lo alarmante no es el despido, sino los mecanismos cerebrales para que se desatan para llegar a contratarlo.Eso sí que da susto.
Hasta llegar a Trump como presidente de un país hay que degenerar mucho. Más o menos requiere la misma intensidad de desgaste que exige mantener el interés y la atención ante el circo del independentismo catalán. No estoy comparando exactamente. O quizá sí lo hago, no sé. Pero es para señalar que parte de las noticias que más suenan en este curso las están protagonizando señores cabreados y con mentalidad de mondadientes en la boca. Un cansancio. Una pérdida de tiempo. Una perversión.
De Trump, de Puigdemont y de sus respectivas cuadrillas salen con frecuencia palabras podridas. Así que la mitad del mundo, como buena parte del censo de España, mira a la otra mitad (o el número que sea) hacer el payaso de un modo incansable. Hay un exceso caricatural en los despachos de algunos tipejos que mandan. Desarrollan una política de uralita y una oratoria de poliuretano. Una pandilla de bandarras se ha colado en el engranaje de las democracias y tenemos que soportarlos a tiempo completo porque, además, ocupan el friso de la mañana con cualquiera de sus berreas.
El tema de Cataluña ha pasado de ser grave a resultar ridículo. El asunto de Trump ha pasado de ser pericoloso a patético. Pero entre un delirio y otro existen vínculos. El primero y letal: la ignorancia como bujía. El por cojones como última voluntad de la persuasión. La cultura suele ser el botiquín imprescindible para no aceptar lo irremediable (aunque en este momento no sea la primera fuente de rebeldía). Pero resulta difícil parar este desbarre a golpe de libros. Son demasiados humanos los que ofrecen resistencia. Occidente había llegado muy lejos en algunas cosas buenas, pero entre unos de por allá y ciertos tarambanas de por aquí se están dando los pasos exactos para que entendamos el mundo como una gusanera. Otra vez.
El tal Scaramucci es un Trump sin freno de mano. El ropavieja Puigdemont es el brazo tonto de esa oligarquía delincuencial catalana que busca en el mantra trilerillo de la independencia su exculpación. Una gran trampa todo. Un cansancio. Una anomalía. Qué caro sale un tarado para lo pronto que se amortiza. Y que se olvida.

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