Yo mismo con mi turismo

7 ago. 2017

Turismofobia, un presunto delito de odio

Barcelona debe dejar claro que no odia a los turistas y encarar de una vez la administración inteligente y consensuada del turismo

Estos días que Barcelona está conmemorando el 25º aniversario de los Juegos Olímpicos hemos vuelto a ver aquellas imágenes del estadio de Montjuïc saludando al mundo con un ¡Hola! gigante que cobraba movimiento cada vez que el público la pronunciaba al unísono durante la ceremonia de inauguración de la cita olímpica de 1992. Barcelona saludaba al mundo y se presentaba como una ciudad de acogida, tolerante y con vocación cosmopolita que quería disputar una posición de prestigio en la liga de las urbes más avanzadas del planeta.
Pero justamente veinticinco años después, la imagen que Barcelona está transmitiendo al mundo es un desagradable “Tourist go home” o lo que traducido al lenguaje popular sería un “largaos de aquí”. La turismofobia barcelonesa ha saltado la frontera después de que un puñado de insensatos haya decidido cruzar la línea roja de la violencia e incluso trate a los turistas de terroristas.
La ciudad que asombró al mundo cuando salió masivamente a la calle contra la guerra del Golfo o que se erigió como abanderada de los refugiados que huían de los conflictos bélicos en Oriente Medio, se está mostrando hoy intolerante y agresiva con miles de ciudadanos cuyo único grave delito es querer visitarnos. Esta reacción impropia e inaceptable es un grave error. Es un error olímpico que Barcelona pagará muy caro.
Esta impresentable respuesta de turismofobia es comparable a otras actitudes irresponsables que se dieron cuando recibimos hace quince años la llegada masiva de inmigrantes que venían a trabajar. En aquel momento, hubo quien se dedicó a animar la xenofobia para buscar réditos políticos repitiendo que los extranjeros nos quitaban el trabajo y se aprovechaban de nuestro estado del bienestar relegando a la población autóctona. ¿Se acuerdan? A raíz de aquellas manifestaciones se endureció la ley que castiga el delito de odio para evitar su escalada. Gracias a ello vimos sentados en el banquillo a varios políticos respondiendo por sus actuaciones en este sentido, mientras que tantos otros portavoces se cuidaron de continuar por ese camino.
Hoy día, y desde otros postulados políticos distintos a los que entonces alimentaron la animadversión a los inmigrantes, hay un movimiento ideológico que utiliza formas similares e incluso más execrables alentando el odio hacia los turistas. Les propongo que hagan un sencillo ejercicio. Lean los lemas turismofóbicos que se ven en las pintadas de Barcelona y cambien el sujeto de cada frase. Allí donde aparece la palabra turista o turismo, coloquen la palabra inmigrante o inmigración. Verán que con ese simple cambio, surgen frases como “Inmigrante vete a casa”, “La inmigración mata a los barrios”, “Los inmigrantes son terroristas”... ¿Se imaginan cuál hubiera sido la reacción política y social en ese caso? ¿O qué hubiéremos dicho si alguien hubiera marcado con pintadas las puertas de pisos donde viven inmigrantes de la misma manera que hoy marcan los portales de viviendas turísticas? ¿No recuerda esto a episodios terribles de nuestra historia reciente? No tengo más preguntas, señoría.
Por esta razón, la mencionada ley que castiga el delito de odio también debería servir para la turismofobia. Igual que en su día hubo una mayoría social y política contraria a los defensores de la xenofobia, también hay que responder sin ambages contra la turismofobia. ¿Acaso los turistas no son personas con todos sus derechos? La comisión municipal extraordinaria que se celebra hoy en el Ayuntamiento de Barcelona para debatir el asalto por parte de encapuchados de Arran a un bus turístico y el resto de acciones violentas que ha sufrido la ciudad debería servir para dejar clara esta posición.
Barcelona no odia a los turistas. No. Barcelona no puede odiar a los turistas porque si algo ha caracterizado a barceloneses y catalanes es su vocación viajera. Y siempre hemos agradecido que nos acogieran en paz y con cortesía allá donde íbamos. Barcelona no odia a los turistas. No nos cansemos de repetirlo. Barcelona no odia a los turistas porque sería equivalente a decir que Barcelona se odia a sí misma. El problema que tiene Barcelona radica en administrar el turismo para que siga siendo una ciudad de convivencia. Es el mismo problema que sufren otras ciudades turísticas del mundo. La solución a esta situación necesita consenso e inteligencia para alejar y aislar a los que defienden reacciones viscerales. En este sentido ya han surgido algunas ideas en el Consell de Ciutat como la creación de una red de ciudades turísticas que busque propuestas viables. Pero también se han planteado en otros foros internos medidas prácticas para invertir el dinero del turismo en los vecinos y vecinas que sufren sus molestias. Pónganse en marcha porque la señal de alerta se ha encendido.

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