Yo mismo con mi turismo

13 ago. 2017

Vuelvo a la carga

FERNANDO SÁNCHEZ DRAGÓ


No soy socialista. No soy feminista. No soy separatista. Soy alérgico a todos los ismos. Voy de a uno y por libre. No tengo nada en común con los de la CUP y, menos aún, con los balillas, flechas y pelayos de su Frente de Juventudes leninistas, fuera de la beligerancia hacia el turismo (otro ismo), pero la verdad es la verdad, o lo que verdad me parece, dígala quien me la diga. Carecer de ideología me permite disentir de todos y cerrar filas, caso por caso, con cualquiera. Siempre he reconocido el derecho a la defensa propia allí donde la justicia hace dejación de sus funciones. Cuando la ley no me defiende, me defiendo yo. En mi opinión, contraria a la de quienes piensan que la economía es la razón suprema y que la mengua del paro lo justifica todo, son los turistas los agresores y no al revés. No lo hacen, como el pirata de Espronceda, con diez cañones por banda (de más está añadir que los míos son incruentos), sino con el fuego graneado de su calderilla. Podría haber elegido como título de mi columna el de película de Clint Eastwood que inauguró la moda del spaghetti western: Por un puñado de dólares. Eso es el turismo: mendrugos para hoy y hambre para mañana, destrucción del tejido laboral, transformación del trabajo en servicio y del ciudadano en siervo, subidón de los precios y bajonazo al poder adquisitivo, proliferación de la picaresca, demolición del patrimonio cultural y moral, sustitución de los usos y costumbres, invasión de alienígenas atraídos por el todo vale si usted lo paga y transculturación sin posible retroceso. ¿Merece la pena vender lo que los latinos llamaban el genius loci y los franceses el terroir por tan bajo precio? ¿Qué haremos cuando los turistas, empujados por la desertización, la escasez de agua y el recalentamiento meteorológico, emigren hacia otros horizontes de sol y playa, pues playa y sol, con curdas y restregones, es lo que buscan, y el pájaro en mano derive a ciento volando? Pondré sólo dos ejemplos de la degradación generalizada a la que el turismo nos condena. Uno es el de las colas interminables frente al museo del Prado, parejas a las de El Prat, en las que cientos de personas, si no miles, se achicharran al sol para mirar sin ver durante unos segundos Las Meninas y las dos majas de Goya. Otro es el de la irreversible metamorfosis de nuestro otrora hermoso litoral mediterráneo en uno de los lugares más horrorosos del planeta. Ya nos vale, señores. ¿O no?

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